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05/09/2010
El mensaje.
Publicado en: Los Tiempos, Correo del Sur e Internet
La gran ventaja, cuando se trata de Evo Morales, es que no usa claves. Es directo.
En sus definiciones no hay especulaciones teóricas -cuando pretende hacerlas es lamentable-, es rudo y contundente. En su momento, y para evitar sorpresas posteriores, explicó claramente la base doctrinal de su gobierno: "a mí no me importa si es legal o es ilegal. ¡yo le meto nomás!"
Y, la verdad, es que le mete nomás. La expropiación, reversión nacionalización -aquí la semántica importa un bledo- de la parte de SOBOCE, la empresa de Samuel Doria Medina, en la fábrica de cemento en Sucre, es una demostración y es un mensaje. Primero, por el modo: basta un decreto y se termina el rollo. En Evo Morales, la afirmación de su poder personal es una constante y un disfrute. Hacer saber que él es el que manda y que nadie le discute, ser él mismo el portador de sus medidas y el heraldo de sus propias noticias, es un placer aparte que los caudillos disfrutan con especial deleite.
Segundo, es la reiteración de la demagogia en su sentido más burdo: hacer creer que la medida de expropiación está pensada para beneficiar al pueblo. Es cierto que habrá beneficiarios: los militantes del partido de gobierno que ya deben estar disputando a codazos la posibilidad de entrar a las planillas -que aumentarán, sin duda- en la parte de la fábrica convertida en nueva agencia gubernamental de empleo. De ahí a que "el pueblo" sea el beneficiario, hay trecho y largo.
Tercero: explicar la acción gubernamental como una acción política de castigo contra Samuel Doria Medina es sencillamente un acto de simplificación. De hecho, Doria Medina no ha sido un opositor a Evo Morales y menos un competidor: es impopular y su desempeño en la última elección presidencial fue, por lo menos, deplorable.
La explicación va por otros rumbos: el mensaje que acaba de enviar Evo Morales es el aviso de la ausencia de límites. "Pacman", el bichito devorador, acaba de avisar que tiene otros antojos. Todos los discursos pretendidamente tranquilizadores sobre el "respeto a la propiedad privada" se acaban de ir al divino carajo. Y para demostrarlo, se elige una empresa eficiente, bien gestionada, en constante crecimiento, con socios internacionales y con permanente inversión dentro del país.
Porque, a diferencia de la política, a nadie se le ocurre cuestionar la capacidad emprendedora de Doria Medina y su posición como uno de los símbolos de éxito empresarial. Se elige a su empresa porque el mensaje no es personal: va a todos los empresarios. A partir de ahora, con pretextos o sin ellos, con justificaciones legales o no -"para eso están los abogados", como dijo Evo-, todos están en la mira.
Mala cosa para todos aquellos empresarios que creían que calculando sus pasos, coqueteando con el gobierno, ofreciendo reuniones y recepciones a sus personeros, limpiando sus medios de comunicación de personajes problemáticos, habían resuelto el futuro de sus negocios.
Y es que cuando el proyecto político es el del poder total, no hay cálculo que valga. Todo está hecho para que las leyes, las investigaciones y las sentencias sirvan a ese proyecto. Se puede gritar y patalear -aunque cada vez sean menos los que gritan y patalean-, pero no se puede discutir la voluntad del poderoso. Y menos si el poder se sintetiza en la voluntad del caudillo. Él es único que abre y cierra puertas. La que acaba de abrir, la posibilidad de atacar la propiedad privada, es grande pero es terrible. Conduce al precipicio: ¡que le pregunte a su amigo Fidel!
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29/08/2010
Esa maldita…
Publicado en: Los Tiempos, Correo del Sur e Internet
Cristina Fernández de Kirchner, Presidenta de Argentina, la detesta de un modo visceral. Néstor Kirchner, cónyuge, co-presidente, socio en los negocios con Venezuela, empresario multiplicador de fortuna al amparo del poder, aspirante a Presidente de Argentina, comparte el odio a esa maldita. Y los dos tienen razón. Si no fuera por ella, cuántas cosas no se hubieran sabido.
Hugo Chávez le tiene rabia. La combate con todo lo que puede y no oculta su rencor cuando la mira. Le resulta imposible convivir con ella. Evo Morales la detesta y en su gobierno se ha tratado de eliminarla. De hecho, en la televisión, lo ha conseguido. Lo que queda de ella se desliza como puede entre página y página. Para acabar con ella, ha contado con la colaboración de más de un empresario miedoso que fue convencido de que ella, la maldita, es muy mala compañía. Que acarrea peligros y que es mejor que no la vean con ellos. Miedo que comparte más de un Director que ha elegido una compañía más grata y menos peligrosa: la prudencia.
Fidel optó por la solución más radical: la asesinó… ¡eso cree! Él no anda con vueltas y asumió rápidamente que su presencia en Cuba era un obstáculo para los grandes logros de su revolución socialista. La condenó a muerte, la ejecutó y, a pesar de haberla rematado varias veces, se inflama de ira cuando esa maldita intenta resucitar y lanza unas miradas como si estuviera viva.
Y hay que ocuparse de la maldita, porque Cristina Fernández de Kirchner, quiere matarla, por lo menos herirla, ponerla en dificultades. Ella, la maldita, sigue siendo un problema para la permanencia indefinida en el poder de la nueva versión conyugal del peronismo, ya que no es la primera. Ellos, los Kirchner, siempre que tienen dificultades, se olvidan de la ética -si alguna vez la conocieron- y acuden a todo, absolutamente a todo. Juegan con la memoria, utilizan a los muertos, se apropian del dolor de años de infamia represiva, inventan, preparan croquetas de mentiras con restos de verdades sucias, manipulan testimonios y utilizan los nombres que les conviene. Hoy tienen en la mira a tres protectores de la maldita: Clarín, La Nación y La Razón. Cuánta rabia les tienen y hay que ver todo lo que han hecho para ponerles todas las dificultades posibles. Hay que hacer que bajen esa bandera maldita: la opinión. No hay cabeza totalitaria que la tolere. Porque esa señora, la opinión, tiene una experiencia incomparable de supervivencia en las peores condiciones. Como no tiene una forma corpórea definida, como sus perfiles se van adecuando a las dificultades que encuentra, es difícil matarla. Se mete por las rendijas, siempre llega a lugares donde no la quieren, es terriblemente intrusa.
Hoy, pobre Cristina, está convencida de que el refugio de la maldita es el papel. Tiene razón en algo que Clarín recordaba en su editorial de denuncia: “La palabra impresa sigue siendo la versión más perdurable del sentido de la libertad y de la crítica”. Pero no sabe que la opinión traspasa el papel. Tan no lo sabe, que con ese aire autoritario combinado con un toque de femme fatale, siempre rodeada de sonrientes y arrobados aplaudidores, ha logrado que el mundo la esté mirando como a una de las enemigas de la libertad de expresión.
Cristina Fernández de Kirchner no sabe la enemiga que tiene. Es maldita en serio, es más vieja, tiene más experiencia, nadie la ha podido eliminar definitivamente, termina sobreviviendo a todo, ha vencido a sus más feroces enemigos… ¡maldita opinión!
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03/09/2000
El periodismo Señorial
Publicado en: El Juguete Rabioso
La Paz, septiembre 3 de 2000
De Arguedas a Cayetano Llobet
El periodismo SEÑORIAL
Después de casi un siglo la mentalidad arguediana
pervive en algunos sectores, principalmente en el
periodismo. Este ensayo, centrado en el análisis de
la figura de Cayetano Llobet, devela los mecanismos
de sobrevivencia de un discurso neocolonial que
desprecia a nuestra cultura y se arroga roles
tutelares que nadie le otorgó
Ximena Soruco Sologuren*
Se habla mucho estos días de la diversidad étnica, hasta se ha reconocido a Bolivia como una nación pluricultural y multiétnica; sin embargo, resulta curioso escuchar en los medios de comunicación declaraciones de autoridades comprometiéndose a atender demandas indígenas bajo la consigna "los blancos nunca mienten" (ministro Wálter Guiteras) o leer comentarios de importantes comunicadores del tipo "el aymara es de ignorantes" (Eduardo Pérez Iribarne).
La presencia de un discurso señorial y colonialista en la esfera pública, sin embargo, no corresponde solamente a esporádicas metidas de pata de autoridades y líderes de opinión, sino que se reproduce diariamente a través de un periodismo que puede denominarse señorial.
Rene Zavaleta Mercado define el señorialismo como una visión social darwinista que ha legitimado la reproducción de los privilegios coloniales. De la misma manera, Silvia Rivera ha planteado la tesis del colonialismo interno, para hacer evidente la dominación de larga data de la casta criollo-mestiza sobre la india y chola.
Pese a las críticas hacia las miradas señoriales, el darwinismo social ha nutrido la producción de una gran cantidad de intelectuales bolivianos y sin duda, nadie más célebre que Alcides Arguedas, cuya mirada racista condena al país a un estado patológico debido al mestizaje, incapaz de adaptarse a la civilización.
Pero si Arguedas escribía Pueblo enfermo en 1909, momento de gran prestigio de la sociología sp^nceriana, ¿cómo interpretar la reactualización de Arguedas en 1997, época de auge de teorías sobre la heterogeneidad cultural?
"Tan maltratado, tan vilipendiado, tan declarado traidor y tergiversador, tan mal enseñado y peor comprendido, el pobre don Alcides Argüedas nos mostró un tipo de país que nadie quería ver y... ¡asi nomás había sido!" (p. 109). Con esta cita, el conocido periodista Cayetano Llobet reinscribe, sin mayores problemas, la visión arguediana de Bolivia, en el libro titulado Así nomás había sido (Plural, 1997), cuya acogida —además— le permite publicar otra obra con similares características (¿Opas seremos?, Plural, 1999).
Si el pesimismo arguediano surge en un momento de consolidación del liberalismo de principios de siglo, ¿bajo qué contexto reactualiza Cayetano Llobet este pesimismo? ¿Acaso el discurso neoliberal que desde 1985 se instaura con éxito en Bolivia es incapaz de generar en sus intelectuales un discurso "positivo" y optimista del progreso y la modernización en la década del noventa?
Así nomás había sido es la recopilación de artículos periodísticos escritos entre enero y diciembre de 1997 en la columna "Entre paréntesis" del periódico La Razón. 1997 también es el año de transición presidencial, Gonzalo Sánchez de Lozada es reemplazado en la presidencia por Hugo Banzer y la "megacoalición". La crítica periodística y de la oposición (especialmente del MNR), una vez instalado el gobierno, giró sobre dos puntos básicos: la ausencia de un plan de gobierno y la incertidumbre respecto a la continuación de las políticas neoliberales instauradas por Sánchez de Lozada. Pero, ¿acaso la falta de plan de gobierno pone en peligro una firme continuación del neoliberalismo y genera, en los intelectuales de la élite, una visión a lo Arguedas?
Cayetano Llobet se identifica claramente con el proyecto neoliberal del MNR, cuando señala: "Yo sigo insistiendo en que el MNR es el único partido capaz de innovar en este país. Y, digan lo que digan de los movimientistas, han sido los protagonistas reales de las principales transformaciones nacionales" (Así nomás había sido, p. 30).
Es decir, podemos identificarlo con el gonismo. Sin embargo, ¿por qué recurre al discurso de Arguedas y su metáfora corporal patológica? ¿Acaso estamos frente a una "nueva derecha" no tan nueva, por lo menos en cuanto a sus visiones de progreso y civilización? Finalmente, ¿cómo se construye la narrativa nacional en un contexto neoliberal?
En este ensayo, propongo que la élite boliviana, al retomar la narrativa arguediana en momentos de crisis o incertidumbre de continuación del (neo) liberalismo, se desnuda del ropaje "multicultural" para mostrarse tal como es: señorial y colonial.
Por otra parte, este periodismo se eleva por sobre los actores sociales y políticos para constituirse en un "legítimo" juez y exhortador de la realidad. De tal manera. Cayetano Llobet se convierte en el narrador omnipresente, el “último bastión de la moralidad” a partir del cual describe los personajes, sus relaciones y relevancia en la trama neoliberal.
Finalmente, la estructura sobre la cual Cayetano Llobet posiciona y valora a los actores de su narrativa está construida con base en tres dicotomías básicas. La dicotomía en el plano económico es: neoliberalismo vs. antiliberalismo; en el político: seriedad institucional vs. hualaychería política; y en el plano cultural: modernización vs. Retraso. A partir de esta estructura discursiva, Cayetano Llobet legitima en el imaginario) colectivo la necesidad de dominación colonial.
EL ENANISMO DEL PUEBLO BOLIVIANO
“De no tener predomino de sangre indígena, desde el comienzo habría dado el país orientación consciente a su vida, adoptando toda clase de perfecciones en el (orden material y moral y, estaría hoy en el mismo nivel que muchos pueblos más favorecidos por corrientes inmigratorias venidas del viejo continente" (Pueblo enfermo, p. 32). Ésta es la enfermedad el pueblo boliviano; el mestizaje es el mal incurable pues está en la sangre. "El cholo — dirá Arguedas— en cuanto se encumbra en su medio ya es señor, y, por tanto, pertenece a la raza blanca" (p. 32). No deja de asombrar la similitud entre esta visión y la que describe Jacobo Libermann en la presentación del libro Así nomás había sido:
Bueno, basta ya, dejemos de escarbar la herida. Así nomás había sido y quien así no lo entienda desconoce las entrañas de nuestra querida tierra boliviana. Lo que al final más vale, lo que despierta amor, solidaridad, ternura, son los pequeños niños indios, a pata pelada y con su raído ponchito al viento, correteando detrás de algunas famélicas ovejas en las faldas de los cerros en la altiplanicie andina. ¿Quiénes, si no ellos, constituyen lo mejor que esta Bolivia tiene? (p. 12).
El "indio pata pelada" correteando ovejas en el Altiplano es lo mejor de Bolivia porque está lejos del mundo criollo. Este "noble salvaje" no era tan noble en tiempos de Arguedas, pues en 1909 aún se tenía bien fresco el recuerdo de la insurrección de Zarate Willka, pero no dejaba de ser descrito como un vestigio, el resentimiento de la raza vencida. En cambio, el cholo que para Arguedas es la causa de degeneración también es el "resto dañino" para Libermann.
Si en 1909 Arguedas describía Bolivia como un Pueblo enfermo, el libro de Llobet "constata" que después de noventa años Así nomás había sido. La similitud del punto de vista racial entre ambos libros se hace obvia en las palabras de Libermann; sin embargo, si leemos al propio autor, Llobet, las similitudes adquieren un matiz menos anacrónico. Es decir, Llobet reinscribe a Arguedas casi un siglo después en su concepción de progreso y "civilización" más que en la meramente racial.
En la advertencia a la edición publicada en 1936, justamente después de la pérdida que sufrió Bolivia en la Guerra del Chaco (1932-1935), Arguedas introduce una sutil diferencia a su tesis del cuerpo patológico: el Pueblo enfermo podría ser más bien llamado pueblo niño. Este desplazamiento), como el mismo Arguedas afirma, es el resultado de las opiniones vertidas por el uruguayo José Enrique Rodó sobre su libro.
Cayetano Llobet también matiza la metáfora de Arguedas, sin embargo, no sale del pesimismo que implica la patología social:
Me acabo de enterar que la tasa de crecimiento de Bolivia desde 1950 tiene un promedio anual del 2.7 por siento. En otras palabras, nos hemos quedado entre los petisos. ¿No andará por ahí la explicación de muchas de nuestras conductas nacionales? Porque el petiso, por buena gente que sea, ya tiene el inconveniente de tener que estar mirando siempre de abajo y, lo que es más grave, sentir que siempre están mirando de arriba... Y no es que nos hubiéramos vuelto país petiso. Lamentablemente y gracias a las artes de partero nacional de don Casimiro Olañeta ya nacimos petisos... y solemnes (Así nomás había sido, pp. 119-120).
La metáfora de "país petiso" no sólo reinscribe la anormalidad de la sociedad boliviana, sino que refuerza su inevitabilidad. Arguedas "diagnosticaba" el mal nacional a partir de la mezcla de sangre, el mestizaje, que había conformado —junto a las características geográficas— psicologías raciales degeneradas. Sería un anacronismo que Llobet en la década de los noventa introduzca la categoría racial como lo hace Arguedas.
Tampoco habla del pueblo niño de Rodó, creyente de la infalibilidad del progreso, sino de un país enano que no sólo dejó de crecer desde la Revolución Nacional (su referencia a 1950), sino que fue parido deforme y que está condenado a ser anormal, atrofiado.
Y esta imagen patológica no es dramática como la de Arguedas, sino más bien grotesca. Lo enano connota una monstruosidad, una deformidad que no genera ni risa ni llanto, sino asombro y lástima.
Javier Sanjinés (Literatura y grotesco social en Bolivia, 1992) señala que lo grotesco no es una visión coherente del mundo, sino una antivisión, la ausencia de racionalidad, previsibilidad y control. Esta mirada parecería confesar la impotencia hacia una realidad que se sale de control.
Pero, ¿por qué la élite que articuló un sólido proyecto neoliberal en 1985 genera miradas grotescas sólo una década después? Cayetano Llobet, justificando el título de su libro y su mirada fatalista señala:
"Así nomás había sido", título de uno de los artículos, resultó una de las síntesis más afortunadas de una realidad que conduce al pesimismo. Porque, y quiero decirlo con énfasis, se equivocan los que piensan que disfruto mi pesimismo. Es un pesimismo real pero derivado de la angustia de ver a un país al que le cuesta tanto entender la necesidad de saltar a la modernidad (Así nomás había sido, p. 10 . El énfasis es mío).
La imprevisibilidad de la que hablábamos es esta imposibilidad —pese al proyecto neoliberal— de saltar a la modernidad. Ésta es la angustia que sufre la nueva derecha boliviana: "Goni —señala Llobet— se equivocó de medio a medio: si un país se siente tan cómodo en el atraso y en el pasado, ¿por qué diablos obligarlo a progresar y a pasar a otro siglo?" (Así nomás había sido, p. 76).
El discurso del cuerpo patológico de Llobet no se reduce a la metáfora del "país enano", sino que identifica al interior de este cuerpo los "órganos" anormales o de mal funcionamiento. En este sentido, el análisis de los "miembros" del cuerpo enano que se desarrolla en la próxima sección brindará más elementos para responder a las preguntas planteadas.
EL GOBIERNO COMO LJN CUERPO DESCABEZADO
Continuando con la metáfora corporal, Cayetano Llobet identifica al gobierno de Banzer como un cuerpo enfermo de "gonicocos" (refiriéndose a Goni), debido a que no es capaz de "gobernar" y se limita a actuar como si todavía estuviera en la oposición política. La megacoalición, además, es un cuerpo sin cabeza, le falta un plan de gobierno, aunque tiene muchos brazos: los partidos políticos que la conforman y que "se reparten" los empleos en la administración pública.
Lo que agudiza lo grotesco de este cuerpo es que —además de ser enano— no es capaz de ver lo obvio: "Justo ahora, dice Llobet, cuando se han dado los cambios más importantes, hay gente que cierra los ojos. Igual que los niños, el mundo ya no existe porque no lo ven" (Así nomás había sido, pp. 17-18. El énfasis es mío).
Y es que, en este discurso ideológico, el mal es fácilmente curable, una cuestión casi de sentido común:
Hay niveles de sensatez elemental que tienen que asumirse: la gestión anterior reubicó el país en una realidad geopolítica, estatal, económica y social totalmente diferente. Un mínimo de objetividad hubiera sido suficiente para delegar la nueva gestión... Eso se llama continuidad e institucionalidad. Eso es lo que puede llamarse seriedad estatal (Así nomás había sido, p. 124. Énfasis mío).
La "seriedad estatal entonces, se mide en términos de continuidad institucional. Carlos Toranzo señala que una de las características de la nueva derecha es el énfasis en la continuidad del modelo económico; "Uno de los aspectos... del discurso ideológico que adopta [Goni] fue la aceptación y reconocimiento de la paternidad de la Nueva Política Económica. Al actuar así, asumía los éxitos y errores de la misma; pero, a lo que apunta centralmente era a engendrar la conciencia de la necesidad de otorgar continuidad a la política económica" (Carlos Toranzo, Nueva derecha y desproletarización en Bolivia, p. 66. Énfasis del autor).
¿Pero cuáles son las consecuencias de este discurso? ¿Qué implica que el discurso liberal encuentre su expresión en el periodismo?
UN PERIODISMO SEÑORIAL
El periodismo ha sido fundamental en la creación de la "comunidad imaginaria", como ha mostrado Benedict Anderson (Imagined Communities. Reflections on the Origin and Spread of Nationalism, Londres, 1991). En Bolivia, este rol lo han encarnado periodistas como Carlos Montenegro o Augusto Céspedes, principales ideólogos del nacionalismo revolucionario en la década de los cuarenta. Pero, ¿qué rol cumple el periodismo en el actual contexto de democracia liberal?
La capacidad de rearticulación del populismo fue mostrada nítidamente por el fenomeno palenquista (Rafael Archondo, Compadres al micrófono). A los periodistas se les abrió la posibilidad de constituirse en representantes políticos utilizando los medios de comunicación como plataforma proselitista (fue el caso posterior y fallido de Rodolfo Gálvez y Cristina Corrales). Y, ¿qué sucede con el otro periodismo, el señorial?
Cayetano Llobet, irónicamente, señala que al gobierno y a los partidos políticos les hacen falta orejas, para dejar de oír piropos y engaños de sus asesores de partido y oír la "verdad": "orejitas que tienen que aprender a escuchar la voz del pueblo, porque ése es el secreto de gobernar en democracia: mandar... obedeciendo" (op. cit., p. 116).
La oreja que les falta a los políticos está, en cambio, presente entre los periodistas, (quienes escuchan la voz del pueblo y "vigilan" en nombre del ciudadano la actuación de los representantes políticos (Esta noción es plenamente compartida por el periodista Eduardo Pérez Iribarne). Esta capacidad, derivada de escuchar al pueblo, también les permite elevarse sobre otras instituciones sociales, así para Llobet, la COB, los empresarios y los movimientos cívicos no es que no tengan orejas, como les sucede a los políticos, sino que tienen "orejas de burro". Escuchan, pero escuchan mal. ¿Qué nos queda? Cayetano Llobet sentencia: "así (un pueblo enfermo) nomás había sido".
Silvia Rivera, en su análisis sobre el colonialismo interno ("La raíz, colonizadores y colonizados", en Víolencias encubiertas en Bolivia) afirma que "se refuerza el monopolio del poder político por parte de la 'casta encomendera', por la vía de su dominio sobre la producción discursiva y normativa y por el uso discrecional de poderosos mecanismos institucionalizados (estatales) de disciplinamiento cultural hacia el mundo cholo-indio" (p, 111. El énfasis es mío).
Este dominio sobre la producción discursiva se manifiesta en la figura del periodista Cayetano Llobet. Como hemos visto, este autor se construye a sí mismo como narrador omnipresente que se valida en dos criterios. El primero es su carácter democrático y el segundo su legitimidad ante el pueblo. Respecto al primero, Llobet es un ciudadano que goza del derecho a la palabra (¿más que otros?) por su oposición a la dictadura:
Como conozco la clandestinidad, la cárcel, la tortura y el exilio, como las he vivido con absoluta conciencia de lo que me motivó esas experiencias, como creo que he pagado con creces mi derecho a la palabra, puedo hacerlo sin cálculo... aunque a veces todavía tenga un poquito de miedo (op. cit, p. 10).
Segundo, para el Llobet periodista su narrativa es más válida que la de los demás actores sociales y políticos porque representa a la sociedad. Si las instituciones de representación formal no escuchan al pueblo o lo escuchan mal, el narrador de Así nomás había sido sí escucha a la ciudadanía y además, esto le autoriza a hablar por ella. Pero, ¿por quién habla?
Refiriéndose a los festejos del 16 de julio, Llobet habla de una "condepización del país..., porque se impone el discurso demagógico, populachero, ordinario" (Así nomás había sido, p. 79). Sin embargo:
Cualquier persona con un mínimo de cultura urbana se preguntaría si lo que vio estos días fue digno de una ciudad o fue la demostración más pueblerina de un festejo... Y me da pena porque La Paz ha sido la ciudad menos provinciana de Bolivia. La más abierta, la más integradora, la más llena de todos los que podían y pueden aportar algo. Y nos la están comiendo: entre elección y elección... nos la están robando... mucha bulla en la feria de Alasita, vibrante entrada del Señor del Gran Poder nos cuentas el cuento de la urbe que progresa. ¡Mentira, mentira y más mentira! (¿Opas seremos?, pp. 79-80. El énfasis es mío).
Claramente Llobet se refiere a las manifestaciones culturales cholas y mestizas que han "invadido" la tranquilidad criolla de La Paz (el Gran Poder y las Alasitas) y a esa otra invasión comunicacional y política: Condepa; de ahí el temor y hasta horror de Llobet ("nos la están comiendo... nos la están robando") a la cholificación de la esfera pública paceña.
¿Quién es Cayetano Llobet en última instancia y a quién representa? Su libro que "quiere ser, de algún modo, testimonial... bitácora de una navegación vital" (p. 10), es la voz de la élite señorial que, siendo de derecha o izquierda (no olvidemos que Llobet en la década de los setenta tuvo esta tendencia), mantiene una visión colonialista de Bolivia.
Finalmente, el periodismo señorial de Cayetano Llobet hace evidentes los temores de una oligarquía neoliberal que, aún con cabeza, no logra disciplinar el cuerpo social. Así, por ejemplo, hemos visto en las convulsiones sociales de abril del 2000 cómo un Estado sin hegemonía apela a la más cruda violencia para mantener su dominación.
* Comunicadora y socióloga. Actualmente estudiante de PhD. en literatura en la Universidad of Michigan, Estados Unidos.
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