07/02/2010
Poder... ¡en serio!
Publicado en: El Día, Los Tiempos, Correo del Sur e Internet
Desde l952 –en circunstancias y con antecedentes diferentes-, no recuerdo un gobierno con la fuerza del que hoy encabeza Evo Morales. Para comenzar, porque nadie le puede discutir una base plebiscitaria que puede poner a prueba las veces que quiera y que, seguramente, va a ratificar en las próximas elecciones departamentales y municipales. Es difícil no ceder a la tentación de analizar semejante fenómeno.
Primero, ha logrado un espectacular derrumbe institucional: ha desparecido por completo el referente de constitucionalidad (antes de la aprobación de la nueva Constitución), se puede declarar inexistente a la Corte Suprema de Justicia, está liquidada la independencia del Banco Central, la Contraloría General está ocupada por un ex-parlamentario de su partido, tiene el dominio absoluto del poder legislativo y nadie, absolutamente nadie, discute el mando único del Presidente, “guía espiritual” y “Jefazo”.
Es obvio que una autoridad de ese calibre no podría darse en el marco de referentes institucionales. La presencia del caudillo con mando efectivo, obediencia inmediata y última instancia judicial y legislativa es, por definición, la negación de instituciones. Desde luego, ningún oficialista negaría este cuadro, salvo en alguna declaración de prensa for export.
Pero hay un factor más importante: la ausencia absoluta de oposición. No es que todos estén de acuerdo con Evo, pero el desacuerdo político, la posibilidad de lucha del contrario, no ha encontrado ningún canal, mecanismo o medio de organización y expresión que contenga un mínimo de eficacia. Cierto, eso no es culpa de Evo Morales. En un lapso aproximado de dos años, hemos visto desfilar una suerte de impostura parlamentaria con fachada de oposición pero con complacencia a los requerimientos gubernamentales, encabezada por el hoy políticamente desaparecido Jorge Tuto Quiroga. Y la oposición regional -la única que logró estructurar un peligro para el gobierno- capituló estruendosamente cuando Rubén Costas, sin explicación y sin consulta, aceptó el referendo revocatorio en Santa Cruz. Que hoy se mantenga como opción para la gobernación cruceña, sólo es un indicador de que no se aprendió con la experiencia. En China, en Cuba, desde luego en Venezuela, hay manifestaciones de disidencia fuertes. Aquí, desaparecieron.
Pero hay más elementos: si alguien asiste a un escenario en el que el teórico, el filósofo del régimen, proclama como meta del nuevo Estado la instauración del “socialismo comunitario”, lo menos que podía esperarse era una reacción empresarial, una protesta de aquellos que tienen en el culto del capital su base de existencia y su razón de ser, un grito de preocupación o descontento, si no directamente un “sálvese quien pueda”. Créase o no, lo que el gobierno ha encontrado ha sido un empresariado más que complaciente, casi en concurso por ver quién queda mejor con él, ahorrándole la tarea de imponer sanciones o regulaciones excesivas, porque se limitan solos... especialmente algunos dueños de medios de comunicación. El miedo es un actor, el cálculo también, pero sobre todo, business are business.
No sé cuánto puede permanecer un panorama así. Sé que la eternidad no es parte de la historia y, muy probablemente, en otros tiempos esto se verá como un simple episodio que pasó. Pero, hoy, como ferviente seguidor de valores republicanos y democráticos, tengo que confesar que no me gusta. Opinión que, por lo demás, al gobierno le debe importar un rábano... ¡y tiene razón!
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31/01/2010
Los medios... ¡qué problema!
Publicado en: El Día, Los Tiempos, Correo del Sur e Internet
El odio a los medios es una obligación del poder. Churchill les echó la culpa de su derrota electoral. De Gaulle los despreciaba y a Nixon lo obligaron a salir de la Casa Blanca. A Obama le duelen algunos comentarios. En las democracias, el odio a los medios tiene frenos, diques y contenciones: los poderosos tienen que resignarse a aguantar las críticas. Saben que tienen que convivir con el periodismo bueno, el regular, el malo y, con frecuencia, el malísimo. Porque los medios son, por definición, uno de los ámbitos normales de la vida política, son el espacio en el que se desarrolla la crítica. Tony Blair repetía con frecuencia: “ver a un político quejarse del periodismo es como ver a un marinero quejarse del mar: lo puede tratar mal, pero es parte de su sustento”.
Pero, naturalmente, todo eso sucede cuando los protagonistas son dueños de cabezas democráticas. Cuando eso no sucede -cosa a las que nos vamos acostumbrando-, el panorama es diferente. Y es que en las cabezas totalitarias –cualquiera sea su discurso y su definición ideológica- el ideal es que no existan espacios para la crítica. No es raro, entonces, escuchar linduras como ésta: “hay que educar a los periodistas”, “los periodistas tienen que aprender a incorporarse al proceso de cambio”. Es decir: el periodista tiene que entender que sólo hay un proceso, que la dirección de ese proceso se define desde el poder y que el que no entiende eso o no quiere seguir esa dirección, resulta un traidor a la causa definida por el poder. Es la sociedad de una sola verdad. Es el principio que justifica la Inquisición. Para una sociedad así, ¿para qué tantos medios, si hay sólo una verdad?
Ciertamente, en un mundo donde todos nos vemos a todos, no es tan sencillo consagrar e institucionalizar un sólo pensamiento y una sola expresión: en Cuba se llama Granma, y hay leyes que definen ciertas disidencias como traiciones a la revolución y a la patria. Pero donde no se puede actuar de modo tan francamente dictatorial, se recurre a otros medios. Berlusconi, en Italia, hace su propio imperio mediático: tiene un dominio total de los medios, controla seis grandes cadenas de televisión, periódicos importantes como Il Giornale y más de una editorial. En casos de totalitarismo más subdesarrollado como en el caso de Venezuela o en el nuestro, se recurre al mecanismo de la utilización de los medios estatales, y de presión y asfixia de los otros. Se elimina progresivamente la opinión de la televisión -el medio más poderoso de formación de opinión-, y se proyecta desde las esferas del poder la imagen de que quienes estorban la marcha de la sociedad hacia los grandes horizontes del socialismo comunitario son los medios. Obviamente, los críticos, porque todos los demás que “se incorporen al proceso de cambio”, son bienvenidos.
Lo de las nuevas leyes y nuevos reglamentos son, sencillamente, cuentos. No son la expresión de una voluntad real de modernización, de búsqueda de veracidad y de responsabilidad, ¿quién determina lo que es veraz y responsable? Porque si los criterios son los que se aplican en la televisión del gobierno, jodidos andamos. Son formas burdas para establecer cercos a la crítica. No deja de ser irónico que en los regímenes devotos del poder total, no basta el sustento de las grandes mayorías. Sienten que, mientras hay opinión y se expresa crítica, les falta algo. Esa cosa que no terminan de poseer y que se les escapa como agua de canasta. Y es que muy jodida la libertad que se escapa...
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